Trabajadores del Clínico de Málaga hacen turnos para cuidar de Luna, la perra de un paciente ingresado

Parece un cuento de Navidad, de esos que tienen moraleja, sólo que este caso es real. Ocurrió el fin de semana pasado en el Hospital Clínico. Peter, un turista jubilado inglés, estaba de viaje por Andalucía con su autocaravana. Viajaba con su inseparable Luna como única compañía. El asiento del copiloto lo tenía habilitado como una cuna, donde la perra se acurrucaba mientras su amo conducía. En un momento dado, el viajero se sintió muy indispuesto y se encaminó al Hospital Clínico. Aparcó como pudo –en una zona donde no estaba permitido– y pidió auxilio. Enseguida fue atendido por el personal de puerta de urgencias, y se quedó ingresado, a la espera de varias pruebas para saber qué le ocurría.

A pesar de su gravedad, el paciente sólo repetía una y otra vez que Luna se había quedado sola dentro del vehículo, que necesitaba cuidados y que no tenía ningún familiar ni conocido cerca que le pudiera ayudar. «Hay gente buena, se te parte el alma», recuerda Julia Cobaleda, coordinadora de voluntariado de la Sociedad Protectora de Animales, que recibió la petición inicial de ayuda de una de las trabajadoras.

Finalmente esta no fue necesaria: un grupo de enfermeros, auxiliares y técnicos de mantenimiento del centro se organizó para hacer turnos de visita al animal; sacarla de paseo varias veces al día, darle de comer y ponerle agua. Además, como ya tiene doce años (una edad canina avanzada) y es alérgica, sus cuidadores siguieron la misma dieta que le da su dueño, a base de arroz con pollo cocinado por ellos mismos. «Comía poco porque echaba de menos al dueño», comenta la voluntaria. Pero nunca estuvo sola.

«En el hospital todo el mundo se ha enamorado de Luna porque es un amor, es súper cariñosa«. Para tranquilizar a Peter mientras estuvo ingresado, los voluntarios grabaron vídeos e hicieron fotos con sus móviles en cada visita. »El hombre estaba muy preocupado, la perra es su vida«, añade.

La labor humanitaria desinteresada de los sanitarios llegó hasta el punto de preocuparse por contactar con la Policía Local y colocar carteles para pedir que no retiraran la autocaravana –que se quedó durante el tiempo de ingreso ocupando una zona de estacionamiento de motos– dadas las especiales circunstancias de este caso.

Las pruebas determinaron que Peter tenía la vesícula inflamada, por lo que recibió el alta tres días después. Tan pronto como pudo volver a ponerse en pie, el viajero agradeció de corazón las atenciones de todo el personal del hospital hacia él, pero, sobre todo, hacia su perra, y corrió a su encuentro. Ya siguen recorriendo juntos la vida en su hogar ambulante.

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